Hay un olor que define Santa Cruz de Tenerife mejor que cualquier guía: el de los mangos y papayas apilados en los puestos del mercado de Nuestra Señora de África un martes por la mañana. La capital de la isla tiene fama de ciudad de paso, de sitio donde se coge el barco o el tranvía rumbo al sur. Pero quien se detiene descubre una ciudad con carácter propio, capaz de sorprender a quien ya la cree conocida.
El mercado de Nuestra Señora de África, inaugurado en 1943, es el punto de partida obligado. El edificio combina arquitectura colonial con arcos de estilo morisco y un patio central que en fin de semana se llena de vendedores de flores, quesos del norte de la isla y mojo de todos los colores. No hace falta comprar nada para disfrutarlo, aunque casi nadie sale con las manos vacías. Los puestos de pescado fresco, en la planta baja, son los primeros en cerrar, así que conviene llegar antes de las diez de la mañana.
A pocos minutos a pie, la Rambla del General Franco, rebautizada popularmente como la Rambla, es el paseo arbolado que vertebra el centro. Sus almendros y ficus crean una sombra agradecida en verano. A lo largo del bulevar aparecen esculturas al aire libre, terrazas de café y librerías de segunda mano que invitan a perder el tiempo sin sentido de culpa. Es el tipo de calle que funciona igual a las ocho de la mañana que a las ocho de la tarde.
Museos, jardines y la ciudad que no sale en los folletos
El Parque García Sanabria es el jardín urbano más grande de Canarias y uno de los menos frecuentados por el turismo convencional. Inaugurado en 1926, acoge una colección permanente de esculturas internacionales instaladas entre palmeras, estanques y arriates de flores tropicales. Es el lugar donde los chicharreros, como se conoce a los vecinos de Santa Cruz, sacan a pasear al perro y a los abuelos, lo que ya dice mucho sobre su ambiente.

El Museo de la Naturaleza y el Hombre, ubicado en el antiguo Hospital Civil, guarda la mayor colección de momias guanches conservadas en el mundo. Las piezas arqueológicas explican con claridad la historia de los aborígenes canarios antes de la conquista castellana. La entrada cuesta menos de cinco euros y puede ocupar fácilmente dos horas sin prisas. Quien tenga interés en la historia prehispánica de las islas no debería saltárselo.
Justo al lado del museo, el Palacio de Carta es uno de los edificios civiles más antiguos de la ciudad, del siglo XVIII, y actualmente sede del Museo de Bellas Artes. La colección permanente incluye obras de pintores canarios del XIX y primeras décadas del XX que rara vez aparecen en circuitos culturales más amplios. La entrada es gratuita.
Dónde comer, cómo moverse y cuándo ir
El barrio de Salamanca, al norte del centro, concentra el ambiente más local de la ciudad. Las calles estrechas albergan bares de tapas donde el pulpo a la vinagreta y los calamares fritos salen por menos de tres euros la ración. No es un barrio turístico y se nota: los precios son razonables, el castellano con acento canario es el idioma de la barra y las televisiones siguen sintonizando el fútbol. Aunque, eso sí, no esperes carta en inglés.

Para moverse por la ciudad, el tranvía conecta el centro con el barrio de El Toscal y con la vecina San Cristóbal de La Laguna en unos veinte minutos. El billete sencillo cuesta menos de dos euros. Es la forma más cómoda de llegar desde el intercambiador de guaguas al casco histórico sin depender de taxi ni de aparcamiento, algo que en Santa Cruz puede convertirse en una pequeña odisea.
La mejor época para visitar la ciudad es entre octubre y mayo, cuando las temperaturas rondan los 20-23 grados y la humedad es tolerable. El verano es caluroso y el viento del desierto, el llamado tiempo sur, puede elevar la sensación térmica por encima de los 35 grados durante días seguidos. El Carnaval de febrero, reconocido como uno de los más importantes de España, transforma la ciudad durante dos semanas y convierte las calles en algo que cuesta describir sin haberlo visto.
Un consejo que no suele aparecer en las guías: si se visita el mercado de África un domingo, conviene quedarse hasta el mediodía en la zona de restaurantes del interior, donde sirven potaje de berros y ropa vieja a precios de barrio. Es, probablemente, la mejor comida de la capital por el precio más honesto de toda la isla.