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lunes, 15 de junio de 2026 · 19:39 · Santa Cruz de Tenerife
Geopolítica

La guerra de EEUU e Israel contra Irán termina sin lograr ninguno de sus objetivos

El alto el fuego previsto este viernes en Suiza cierra un conflicto que deja a Teherán fortalecido y con control sobre el 20% del flujo energético global, mientras Trump y Netanyahu no obtienen ni sus metas mínimas.

Un par de hombres con traje y corbata.
Netanyahu y Trump impulsaron la ofensiva contra Irán en febrero de 2026 con el objetivo de derribar el régimen de los ayatolás.

El acuerdo de alto el fuego que Estados Unidos e Irán tienen previsto firmar este viernes en Suiza pone punto final a un conflicto que comenzó el 28 de febrero de 2026 y que deja a Donald Trump y Benjamín Netanyahu sin haber alcanzado ninguno de los objetivos que justificaron la guerra. Ni los más ambiciosos ni los más modestos. Teherán, en cambio, emerge del enfrentamiento con una posición reforzada y con el control de una pieza estratégica de primer orden: el paso por el que circula el 20% del flujo mundial de petróleo y gas.

El texto del acuerdo, cuyo contenido exacto aún no ha sido divulgado, contempla al menos tres compromisos inmediatos: el fin de las hostilidades, la reapertura del estrecho de Ormuz a la navegación internacional y la detención de los combates en el Líbano. A partir de ese momento, ambas partes dispondrán de 60 días para negociar los detalles de un eventual acuerdo de paz definitivo.

El camino hasta aquí ha sido tortuoso. Trump había prometido el cese de los combates en hasta 39 ocasiones anteriores sin que ninguna se materializara. Esta vez, la diferencia la han marcado altos cargos iraníes, que han confirmado la existencia de un «memorando de entendimiento» que servirá de base al alto el fuego. Es la primera confirmación oficial por parte de Teherán de un marco de negociación concreto.

De los bombardeos en Fordow a la mesa de Suiza

Para entender la magnitud del fracaso estratégico occidental, conviene repasar la secuencia de hechos. En noviembre de 2018, la Agencia Internacional de la Energía Atómica certificó que Irán no había enriquecido uranio por encima del 3,67% y que sus reservas de material fisible ascendían a 149,4 kilos, muy por debajo del límite fijado por el acuerdo nuclear de 2015, negociado entre Irán, Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania.

Ese mismo año, Trump rompió unilateralmente ese pacto, acusando a su predecesor Barack Obama de haber permitido que Irán se acercara peligrosamente a la fabricación de una bomba nuclear. La respuesta de Teherán fue inmediata y contundente: incrementó el enriquecimiento de uranio hasta acumular 409 kilos de material fisible al 60%, un nivel muy superior al de 2018 y sensiblemente más próximo al umbral necesario para producir una cabeza nuclear.

En junio de 2025, Israel y Estados Unidos bombardearon las instalaciones nucleares iraníes de Fordow, Natanz e Isfahán. Israel amplió los ataques a objetivos no nucleares: fábricas y depósitos de misiles balísticos, defensas antiaéreas, bases militares, centros de mando e instalaciones energéticas. Trump declaró entonces que habían «borrado del mapa» la amenaza nuclear iraní.

Sin embargo, los meses siguientes demostraron que el régimen iraní no se derrumbaba. En febrero de 2026, Netanyahu acudió en persona a la Sala de Crisis de la Casa Blanca, un gesto extraordinario para un líder extranjero, y convenció a Trump de dar el paso definitivo: lanzar una ofensiva terrestre y aérea con el objetivo declarado de derribar al gobierno de los ayatolás. La premisa era que el régimen estaba debilitado tras las protestas de enero, en las que las autoridades iraníes reprimieron con violencia a miles de manifestantes. La promesa era que todo caería «como un castillo de naipes».

«Esto es una catástrofe para Israel.»

Avigdor Liberman·Político israelí

Irán sale reforzado: el balance de la derrota

Cuatro meses después del inicio de la ofensiva, el balance es opuesto al prometido. El régimen iraní no ha caído. Las minorías kurdas no se alzaron de forma decisiva. Y Teherán no solo ha resistido, sino que ha salido de la guerra con una nueva palanca de presión sobre la economía global: el control efectivo del estrecho de Ormuz, por el que transita una quinta parte de todo el petróleo y el gas que se comercializa en el mundo.

El político israelí Yair Golan lo define sin ambages como «una derrota estratégica». Avigdor Liberman, también israelí, habla directamente de «catástrofe». Ninguno de los dos objetivos que Trump y Netanyahu se marcaron al inicio se ha cumplido: ni la rendición total de Teherán ni un compromiso iraní sobre sus programas nuclear y balístico como condición previa al alto el fuego.

La situación resultante, según el análisis que se desprende de los hechos documentados, es que en el mejor de los casos el acuerdo devolvería las condiciones a un escenario similar al de 2018, cuando Trump rompió el pacto de Obama. Es decir, ocho años de tensión escalada, dos guerras y miles de muertos para regresar al punto de partida, pero con Irán en una posición nuclear y geopolítica más sólida que entonces.

El texto final del memorando y los términos concretos del alto el fuego no han sido publicados en el momento de escribir estas líneas. Lo que sí ha trascendido es que la firma está prevista para este viernes en Suiza y que los 60 días posteriores serán el plazo para negociar un acuerdo de paz estable entre las partes. El mundo contendrá el aliento durante ese período, consciente de que las mismas causas que llevaron al conflicto, el programa nuclear iraní y la desconfianza mutua acumulada desde 2018, siguen sin resolverse sobre la mesa.

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