El cometa interestelar 3I/ATLAS no es una nave alienígena: el SETI no detecta señales
Los telescopios del proyecto SETI rastrearon el objeto 3I/ATLAS en busca de tecnología artificial y no encontraron ninguna evidencia de origen no natural.
¿Y si ese objeto que cruza el sistema solar a velocidad inusual no fuera una roca, sino algo construido? Esa pregunta, que suena a ciencia ficción, es exactamente la que los científicos del proyecto SETI se plantearon al detectar el cometa interestelar 3I/ATLAS. La respuesta, por ahora, es decepcionante para quienes esperaban un encuentro cósmico: no hay señal alguna de tecnología artificial.
El SETI, siglas de Search for Extraterrestrial Intelligence, es el programa científico dedicado a rastrear el universo en busca de señales que pudieran indicar la existencia de inteligencia más allá de la Tierra. Su metodología se basa en la detección de lo que los investigadores llaman tecnosignaturas: emisiones de radio, patrones de luz, radiación u otras huellas que solo podría dejar una tecnología desarrollada por algún tipo de civilización. Cuando apareció 3I/ATLAS, los telescopios del programa apuntaron hacia él de inmediato.
El nombre del objeto ya dice mucho sobre su naturaleza y su historia reciente. La «I» en la denominación indica que es interestelar, es decir, que no procede de nuestro sistema solar sino de algún punto del espacio profundo entre las estrellas. El prefijo 3I lo sitúa como el tercer objeto de este tipo confirmado hasta la fecha. Antes que él llegaron 1I/ʻOumuamua en 2017 y el cometa 2I/Borisov en 2019, dos visitantes que también dispararon la imaginación popular y la actividad científica en todo el mundo.
Qué son las tecnosignaturas y por qué importan en este caso
Una tecnosignatura es cualquier evidencia medible que sugiera la existencia de tecnología. Puede ser una señal de radio con un patrón no natural, una emisión de calor que no encaja con los procesos físicos conocidos, o incluso alteraciones en la luz de un objeto que indiquen estructuras artificiales en su superficie. La idea es sencilla: la naturaleza produce ciertos tipos de señales, y si detectamos algo que no encaja con esos patrones, merece investigación.
En el caso de 3I/ATLAS, el rastreo del SETI no encontró nada de eso. Los instrumentos no captaron emisiones de radio artificiales, ni patrones de luz anómalos, ni ningún otro indicador que apuntara a un origen tecnológico. En pocas palabras, el objeto se comporta como lo que parece: un cometa procedente del espacio interestelar, compuesto de hielo, roca y polvo, que viaja a través de nuestro vecindario cósmico siguiendo las leyes de la física.
Esto no significa que el objeto carezca de interés científico. Todo lo contrario. Los cometas interestelares son extraordinariamente raros desde el punto de vista observacional. Cada uno que entra en el sistema solar es una cápsula de información sobre la química y la física de sistemas estelares lejanos, regiones del universo que ninguna sonda humana podría alcanzar en miles de años. Estudiar 3I/ATLAS es, en cierto modo, como recibir una muestra de laboratorio enviada desde las profundidades de la galaxia.
Por qué la sombra de ʻOumuamua sigue planeando sobre cada nuevo visitante
Buena parte del interés popular en 3I/ATLAS tiene raíces en el debate que generó 1I/ʻOumuamua hace casi una década. Aquel objeto presentó características inusuales en su aceleración al alejarse del Sol, lo que llevó a algunos investigadores, incluidos académicos de universidades de primer nivel, a plantear hipótesis sobre un posible origen artificial. La controversia nunca se resolvió de forma definitiva y dejó una puerta entreabierta en la imaginación colectiva.
Cada vez que aparece un nuevo objeto interestelar, esa puerta se abre de nuevo. Y cada vez que el SETI apunta sus instrumentos y no encuentra nada, la puerta vuelve a cerrarse un poco más. Con 3I/ATLAS, el resultado ha sido el mismo: la búsqueda de tecnosignaturas ha quedado vacía.
Lo que sí queda es la certeza de que el universo lanza objetos entre sistemas estelares con más frecuencia de lo que se pensaba antes de 2017. Cada nuevo visitante confirma que el espacio interestelar no es una barrera infranqueable para la materia. Y aunque ninguno de ellos haya traído consigo señales de inteligencia, su sola presencia obliga a los astrónomos a refinar los modelos sobre cómo se forman y se dispersan los sistemas planetarios a lo largo de la galaxia.
El cometa 3I/ATLAS seguirá siendo observado mientras su trayectoria lo mantenga dentro del alcance de los telescopios terrestres y espaciales. Lo que ocurra con esos datos en los próximos meses podría añadir más piezas a un puzle que, por ahora, sigue siendo puramente natural. La búsqueda de vida inteligente fuera de la Tierra continúa, pero esta vez el cosmos ha respondido con silencio.