Cuando el turismo desplaza a sus propios habitantes
Hay barrios en el sur de Tenerife donde, después de las once de la noche, ya no se oye hablar español. Tampoco inglés ni alemán. Se oye, simplemente, el silencio de las calles vacías.
Son urbanizaciones donde el 80% de las viviendas están alquiladas por días, donde las luces se encienden los fines de semana y donde el carnicero, el panadero y el dueño del bar de toda la vida hace tiempo que cerraron porque sus clientes ya no viven allí.
El turismo no es el enemigo. El enemigo es un modelo que ha permitido que un pueblo entero se convierta en un decorado.
La política tiene la última palabra. Y, hasta ahora, ha decidido callarse.