El idioma como reserva de identidad canaria
Cada generación pierde palabras. Es ley de vida. Pero hay pérdidas que duelen más que otras, porque arrastran consigo una manera de ver el mundo.
Cuando un niño canario deja de decir guagua y empieza a decir autobús, no está cometiendo ningún pecado. Está incorporándose a una norma compartida con cuatrocientos millones de hispanohablantes. Lo entiendo, y lo aplaudo.
Pero cuando ese mismo niño deja de decir guirre, baifo, tolete o bochinche, lo que se está perdiendo es algo distinto. Se está perdiendo una manera específica de habitar este archipiélago.
Conservar el habla canaria no significa hablar como hace cien años. Significa, simplemente, no avergonzarse de que existe.