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viernes, 29 de mayo de 2026 · 15:54 · Santa Cruz de Tenerife
VIAJES

Albania, el último secreto del Mediterráneo: playas vírgenes y ciudades otomanas

El país balcánico acumula kilómetros de costa sin masificar, bazares centenarios y una hospitalidad que recuerda a la Venezuela de los años noventa. Un destino que todavía no ha llegado al turismo de masas.

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Hay lugares que todavía no saben que son destinos turísticos. Albania es uno de ellos. En su costa jónica, a la altura del pueblo de Himara, se abre una sucesión de calas con agua de color turquesa y arena que cruje bajo los pies, sin chiringuito, sin sombrilla de alquiler, sin el ruido blanco de los altavoces portátiles. Solo el mar y, de fondo, las montañas.

El contraste resulta llamativo para quien llega desde el Mediterráneo más conocido. Las playas del sur de Albania, especialmente las del tramo entre Sarandë y Qeparo, conservan una virginidad que en España se perdió hace décadas. La carretera que las conecta es estrecha y caprichosa, pero eso forma parte del trato: el camino filtra a los impacientes.

La costa es solo la entrada. El interior del país guarda las ciudades que hacen de Albania un destino con cuerpo propio. Gjirokastra, en el sur, es la más fotogénica: un laberinto de calles empedradas que trepan hacia una fortaleza otomana desde la que se domina el valle del río Drino. Las casas de piedra gris con tejados de pizarra tienen una austeridad que no es pobreza, sino carácter. La Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad en 2005, junto con Berat, la ciudad de las mil ventanas, cuyas fachadas blancas se reflejan en el río Osum como en un espejo.

Un país que mira a Europa sin haber olvidado el bazar

Los bazares de Gjirokastra y del barrio antiguo de Tirana mezclan especias, artesanía de cobre y tiendas de ropa deportiva con el mismo desparpajo. No hay nada impostado en esa convivencia. Albania lleva décadas mirando hacia la Unión Europea, a la que aspira a incorporarse, pero sin borrar las capas de su historia: la huella otomana, la arquitectura brutalista de la dictadura de Hoxha y los café-bares donde los hombres juegan al dominó a mediodía como si el tiempo no tuviera prisa.

La costa albanesa conserva tramos sin urbanizar que contrastan con los destinos mediterráneos más saturados.

La capital, Tirana, ha cambiado mucho en los últimos quince años. Sus edificios grises se han pintado de colores vivos, hay una avenida peatonal que recuerda vagamente a las ramblas y una escena de bares y restaurantes que sorprende a quien llega con los prejuicios de los años noventa. Pero la ciudad más interesante para el viajero curioso sigue siendo Gjirokastra, donde el tiempo parece haberse detenido de otra manera.

Cuánto cuesta y cómo moverse por Albania

El lek albanés convierte el viaje en una experiencia financieramente alivianada. Un almuerzo con plato principal, bebida y postre en un restaurante local rara vez supera los cinco euros. El alojamiento en casas rurales del sur, los llamados guesthouses, oscila entre veinte y cuarenta euros la noche con desayuno incluido. El precio es, sin duda, uno de los argumentos más concretos a favor de Albania frente a destinos como Montenegro o Grecia, con los que comparte ribera jónica.

La costa jónica albanesa conserva kilómetros de litoral sin masificar, uno de los últimos reductos vírgenes del Mediterráneo.

Moverse dentro del país requiere paciencia y algo de improvisación. Los furgons, minibuses compartidos que salen cuando se llenan, conectan casi todos los pueblos con las ciudades principales. No hay horarios fijos, pero tampoco hacen falta: en Albania los tiempos son orientativos y la gente lo acepta con una naturalidad que descoloca al viajero del norte de Europa. Alquilar un coche permite llegar a las calas más remotas del litoral jónico, aunque hay que asumir que algunas pistas de tierra ponen a prueba la suspensión.

¿Cuánto tiempo queda antes de que Albania aparezca en todas las guías y los precios suban? Difícil saberlo. Lo que sí es cierto es que ahora mismo todavía es posible llegar a Ksamil, el pequeño archipiélago de islotes frente a Sarandë, y encontrar una playa sin masificar en pleno mes de julio. Eso, en el Mediterráneo de 2025, no es poca cosa. Quien lo valore, tiene el argumento de sobra para reservar el vuelo.

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