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lunes, 15 de junio de 2026 · 22:16 · Santa Cruz de Tenerife
Oratoria

Acuerdo histórico con Irán: tan histórico como el anterior

El pacto que se firmará el viernes en Ginebra prorroga el alto el fuego actual, reabre gradualmente el estrecho de Ormuz y promete negociar el programa nuclear iraní a cambio del levantamiento progresivo de sanciones.

Un hombre con traje y corbata sonriendo.
Donald Trump y Netanyahu · Agencias

El acuerdo que Donald Trump y las partes implicadas rubricarán este viernes en Ginebra no pone fin a la guerra con Irán: la suspende durante 60 días. El texto, que contempla la reapertura gradual del estrecho de Ormuz y el levantamiento del bloqueo estadounidense, llega sin un vencedor definido y con sectores intransigentes de todos los bandos abiertamente en contra del resultado.

La naturaleza del acuerdo es la de una prórroga del alto el fuego vigente, no la de una solución permanente al conflicto. Durante ese plazo de dos meses, ambas partes deberán negociar el espinoso asunto del programa nuclear iraní, vinculado a su vez al compromiso de un levantamiento gradual de las sanciones contra Teherán. El margen para disputas y malentendidos es, en consecuencia, considerable.

El mecanismo de la reapertura del estrecho no es inmediato. Se producirá de forma escalonada mientras se inician las conversaciones sobre el programa nuclear, lo que deja abierta una ventana prolongada de incertidumbre en una de las rutas de tráfico marítimo de mayor relevancia estratégica del planeta. Cualquier incidente durante ese proceso podría comprometer el frágil equilibrio alcanzado.

Por qué Israel y los halcones de Washington rechazan el pacto

El gobierno israelí es uno de los focos de mayor resistencia al acuerdo. Irán condicionó la apertura del estrecho a un alto el fuego en el Líbano, lo que limita directamente la capacidad de Israel para continuar su campaña contra Hezbolá. Con elecciones próximas y una condena multipartidista del pacto en el interior del país, Benjamin Netanyahu podría verse presionado a reanudar los ataques si Hezbolá bombardea el norte de Israel, lo que a su vez podría desencadenar una respuesta iraní contra territorio israelí.

«Puede ser peligroso ser enemigo de Estados Unidos, pero ser amigo de Estados Unidos es fatal.»

Amit Segal·Periodista cercano a Netanyahu

Segal, periodista próximo al primer ministro israelí, citó esta frase de Henry Kissinger al conocerse el anuncio del acuerdo. La cita resume el estado de ánimo de una parte del establishment israelí, que teme que Irán, su rival más peligroso en la región, haya salido fortalecido del conflicto.

En Washington, los sectores más duros del Partido Republicano tampoco ocultan su malestar. El senador Lindsey Graham presionó a Trump hasta el último momento para que intensificara la presión militar, llegando a exigir que se cumpliera la amenaza de apoderarse de la isla de Kharg, principal centro de exportación de petróleo de Irán. Sin embargo, los asesores militares del presidente le advirtieron de que cualquier fuerza de ocupación estadounidense en ese enclave constituiría un objetivo vulnerable a un contraataque iraní. El acuerdo alcanzado refleja, en buena medida, el reconocimiento de ese límite.

Los halcones estadounidenses exigían, como mínimo, el desmantelamiento total del programa nuclear iraní o un cambio de régimen en Teherán. Ninguna de las dos condiciones se ha cumplido. El cambio de régimen parece ahora más lejano que al inicio de las hostilidades, y las promesas iraníes de cooperación futura en materia nuclear serán recibidas con profundo escepticismo en amplios sectores de la capital estadounidense.

La oposición interna en Irán y el equilibrio sin vencedores

Los sectores más intransigentes de Irán tampoco han recibido el acuerdo con entusiasmo. La noticia del inminente pacto desencadenó manifestaciones en Teherán y otras ciudades de la región, con cánticos contra Abbas Araghchi, ministro de Asuntos Exteriores, y contra Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento iraní. Los críticos internos consideran que Teherán está intercambiando la apertura del estrecho por una promesa de levantamiento de sanciones que Washington podría no honrar.

Este rechazo simultáneo desde múltiples flancos es, paradójicamente, una de las pocas señales positivas que ofrece el texto. Cuando los sectores más intransigentes de todos los bandos muestran su descontento con un acuerdo, ello suele indicar que ninguna de las partes ha obtenido todo lo que exigía, condición necesaria en cualquier compromiso diplomático entre adversarios sin un vencedor claro en el campo de batalla.

No obstante, esa misma ausencia de vencedor es la que hace la paz estructuralmente débil. El acuerdo no resuelve ninguna de las causas profundas del conflicto: el programa nuclear iraní sigue en pie, las tensiones en el Líbano permanecen latentes y la desconfianza entre Washington y Teherán no desaparecerá en 60 días. La reapertura del estrecho de Ormuz y el levantamiento del bloqueo ofrecen un alivio inmediato, pero el camino hacia una normalización duradera dependerá de negociaciones que ni siquiera han comenzado formalmente.

La preocupación de los halcones estadounidenses apunta además a un horizonte más lejano: que la descongelación de activos iraníes y el levantamiento progresivo de sanciones permitan a la república islámica reconstruir su capacidad militar y fortalecer a sus aliados regionales. Es un temor que, con independencia de su fundamento, pesará sobre cada ronda de negociaciones que se celebre durante el período de prórroga.

El viernes, en Ginebra, se firmará un documento que detiene la violencia directa durante dos meses. Las conversaciones sobre el programa nuclear iraní, vinculadas al calendario de sanciones, determinarán si esa pausa puede convertirse en algo más duradero. La próxima fecha de referencia será el vencimiento de esos 60 días, cuando ambas partes deberán decidir si renuevan el alto el fuego o regresan a la escalada.

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