Hoi An: el secreto vietnamita donde tejen trajes a medida bajo un millón de farolillos
La ciudad Patrimonio de la Humanidad combina artesanía textil centenaria con un espectáculo nocturno de luces que…
Hoi An, en el centro de Vietnam, es una ciudad que conserva el esplendor de su pasado comercial con una elegancia que le valió el título de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1999. Sus calles, trazadas en una cuadrícula casi perfecta heredada de la época colonial francesa, invitan a explorar un legado donde conviven estilos arquitectónicos chinos, japoneses y vietnamitas.
El corazón histórico de la ciudad late en edificios como la casa Tan Ky, antigua residencia de mercaderes que exhibe una fusión de influencias culturales. Pero uno de sus símbolos más reconocibles es el puente japonés, construido en el siglo XVI para unir los barrios chino y nipón. Bajo su tejado de madera se esconde un pequeño santuario, testigo mudo de siglos de comercio y leyendas.
La seda: un legado que perdura
Durante los siglos XVII y XVIII, Hoi An fue un centro neurálgico del comercio de seda, un producto que se exportaba a través de su puerto fluvial. Hoy, los visitantes pueden adentrarse en talleres tradicionales donde se mantiene vivo este oficio. El proceso comienza con gusanos alimentados con hojas de morera y culmina en telares que transforman los capullos en delicados tejidos.
Estos centros de producción no solo muestran la técnica, sino también la paciencia que requiere cada pieza. Aunque el turismo ha dejado su huella, muchos artesanos preservan métodos ancestrales, y algunos talleres incluso ofrecen la posibilidad de encargar prendas a medida.
Farolillos y tradiciones que iluminan la noche
Al caer el sol, Hoi An se transforma. Miles de farolillos de colores inundan las calles, colgando de balcones, árboles y barcos que surcan el río Thu Bon. Esta tradición, junto con la arquitectura y la artesanía, forma parte de un patrimonio que la ciudad ha sabido conservar.
Para explorar sus monumentos más emblemáticos, como la pagoda Phuc Kien —donde el incienso perfuma el aire mientras los fieles rezan—, existe una entrada general que permite acceder a varios sitios. Entre fachadas descascarilladas y bicicletas que recorren las calles, Hoi An demuestra que su encanto reside en la armonía entre pasado y presente.